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lunes, 22 de octubre de 2007

El Cuentacuentos "Déjame que te cuente un cuento"

Déjame que te cuente un cuento, pero no un cuento cualquiera, no. Eso sería demasiado sencillo. Escucha atento, este cuento está escrito con palabras de cristal. Si apretas demasiado pueden explotar en tus manos, si no las sujetas lo suficiente, verás como se escurren entre tus dedos dejando que los sueños de los que esta hecho ese cristal se desvanezcan al chocar contra él. Y ya lo sabes, el cristal de los sueños es muy difícil de encontrar, fácil de perder e imposible de olvidar. Sujétalo con fuerza y con cariño, que nuestro cuento está a punto de empezar…

Hace mucho, mucho tiempo, en un mundo oscuro, sombrío, sin luces, ni colores, formado por tinieblas y dolor, nació una niña. Sólo hizo falta verla una vez para saber que sería diferente a todos los demás niños. Sus ojos tenían un extraño tono dorado, su pelo era rojo y su piel tan blanca y frágil que parecía a punto de resquebrajarse bajo cualquier tacto. La llamaron Sherezade y justo después de ponerle el nombre, su madre murió de un extraño mal. Cuando su padre la vio, comprendió que su pequeña había heredado el mismo mal que su madre. Su piel pálida hacía creer que si salía al oscuro mundo real, no lo podría soportar. Así que decidió mantenerla segura y a salvo en una jaula de cristal.

Sherezade creció allí dentro, sin saber de la crueldad real que había en el frío mundo que hostil se movía fuera de su pequeña jaula. Su padre le cantaba melodías que a ella le sonaban a mares turquesa, cielos rosados y campos de rojas flores. Dentro de su mundo, ella pintaba sueños de colores, ajena a la triste realidad, soñando vidas increíbles, segura de que, algún día, todo aquello que inmortalizaba con sus pequeños deditos en los blancos lienzos que su padre le traía, sería algo más que dibujos para ella.

Cuando cumplió 10 años lo preguntó por primera vez, quería salir al mundo real y ver lo que su mente soñaba. Su padre se negó, le habló de su rara enfermedad, esa que la hacía ser más pálida que los lienzos en los cuales pintaba. Ella no dijo nada, solo bajó la cabeza y continuó pintando. Esperó un tiempo y volvió a preguntar, obtuvo la misma respuesta y así Sherezade crecía preguntando y recibiendo negativas. Su padre empezó a colmarla de regalos, para intentar acallar sus ganas de ser libre, pero nada parecía contentar a Sherezade que cada día pintaba con un color menos. Su familia, preocupada, buscó por todos los rincones del mundo colores que no conocieran, para traérselos a Sherezade y conseguir que volviera a llenar su vida de alegría y color. Sherezade fue la persona en el mundo que más colores tuvo en sus manos, dicen que pintó con colores que ya no existen, que pintó con el color del cuerno de los unicornios, con el del polvo de las hadas. Pero eso no importaba, cada vez que recibía una negativa a su pregunta, eliminaba un color de su vida. Sus preguntas cada vez eran más continuas y su padre no acertaba a encontrar colores nuevos más rápido de lo que la niña los descartaba para siempre.

Una mañana fría de Enero, Sherezade se vio con solo tres colores en su vida. Rojo, negro y gris. Miró triste a su padre y le preguntó de nuevo.

-Papá, ¿puedo salir a ver el mundo real?

Su padre se encogió en su butaca, mirando a su niña palidecer mientras alejaba el tono gris de su lienzo tricolor. Dudó un segundo, con los ojos tristes apuntó estuvo de ceder, pero no podía hacerlo, no podía dejar que su pequeña saliera a ese frío mundo de dolor. Ella no sabía como era aquello, no lo podría soportar. Ocurriría como a su madre y no quería perderla del todo, su pequeña era el vivo retrato de ella, tenerla allí era como no haber perdido del todo a su esposa. Así que con todo el pesar de su corazón, de nuevo negó.

Sherezade alejó del todo el gris mientras destruía el lienzo que acababa de pintar. Sacó otro en blanco y lleno todo de rojo y negro. Oscuridad y sangre. Pintó un lienzo de dolores desgarradores y dejo que sus lágrimas se escurrieran sobre los colores convirtiéndolos en ríos de tinta que parecían querer llenarlo todo. Levantó la vista de nuevo a su padre, suplicándole esa vez, sin formular la pregunta, pero ya no hacía falta hacerlo. Su padre sintió flaquear su corazón, pero no debía ceder. Ya no tenía sentido hacerlo, si ella dejaba de pintar podría buscarle otros sueños. Podría comprarle un piano, una guitarra, un violín, hacer que la música llenara su vida de melodía en lugar de hacerlo con colores. Así que la miró de nuevo y negó.

Sherezade alejó el negro y volvió a destruir el lienzo. Empezando a pintar en uno nuevo tan solo con el rojo. Sus lágrimas eran cada vez más abundantes. Se puso de pie, mirando a su padre a los ojos a través del frío cristal de su jaula y suplicó. Su padre negó. Sherezade alejó el lienzo y el único color que quedaba en su vida, se dejó caer en el suelo y lloró. Lloró como nunca antes había llorado nadie. Sherezade lloró ríos, mares, tormentas. Lloró tanto que en unos minutos sus propias lágrimas le cubrían la cintura.

Su padre se asustó, si continuaba llorando así la jaula que creó para mantenerla a salvo, sería su perdición. Intentó consolarla, decirle que no llorara, pero nada parecía poder detener ese llanto que amenazaba con ahogarla en su dolor. Corrió en busca de las llaves de la jaula de su pequeña, el mar de dolor que salía de ella llegaba ya hasta su cuello y Sherezade continuaba llorando. Encontró la llave e intentó abrir la puerta para liberar a su pequeña de su mortal encierro de cristal, pero la puerta no se abría. Demasiados años luchando porque no se abriera la habían sellado de forma permanente. La pequeña Sherezade se ahogaba en sus propias lágrimas ante la mirada atónita de su padre que no podía hacer nada. Corrió hacía la butaca y la estrelló contra el frío cristal, pero no sirvió de nada, ni un solo rasguño consiguió infligir. Había construido aquella jaula para eso, para que nada pudiera destruirla, para que su pequeña viviera siempre feliz en un mundo mejor que lo que él había visto fuera. Y ahora él mismo había condenado a muerte a su más preciado tesoro, al sueño de su vida. Estaba viendo ahogarse lo que más amaba y todo por su culpa, por querer guardarlo tanto. Aporreó el cristal con las manos, hasta sangrar, mientras su pequeña se ahogaba sin dejar de llorar un mar de sueños rotos. Los colores con los que había pintado alguna vez se mezclaban con sus lágrimas creando un mar que parecía sacado de alguno de sus primeros dibujos. Su padre se aferró al cristal, mientras sus manos ensangrentadas golpeaban suplicando porque su pequeña no se ahogará, pero de nada sirvió. La vio morir entre colores y lágrimas en su jaula de cristal y se odió a si mismo por haber sido tan cobarde de no dejar que sus sueños vivieran de verdad.

Este cuento no es para los que guardan sus sueños bajo llave, es para los que los dejan volar libres para ver si se pueden realizar, es para los que tienen el valor de luchar por ellos, por los que golpean las jaulas que la vida nos impone. Hay muchos tipos de jaulas, algunas son tan bonitas que ni parecen una jaula, llenas de cosas que creemos necesitar. Algunas son simplemente nuestra piel, nuestra mente, nuestra cobardía, nuestros prejuicios. Hay jaulas que son la familia, o son nuestros amigos, hay jaulas que somos nosotros mismos y nuestro miedo al que dirán. Este cuento no es para ti si estás entre esa gente…

Este cuento es para los que se caen mil veces y mil una se levantan, con una sonrisa en el rostro y más ganas de batallar. Para los que se atreven a llorar sabiendo que después del llanto lucharán de nuevo aunque les duela cada día más. Es para los que ríen cuando deberían llorar y lloran cuando deberían reír. Para los que no tienen miedo de decir que no cuando están cansados de aguantar. Para los que nunca olvidan sonreír por muy gris que esté la vida. Para los que a pesar del miedo al fracaso buscan su meta en el incierto futuro que les espera. Este cuento es para la gente con valor pero con miedo, con orgullo pero humilde, con fuerza para aguantar los más duros golpes pero suavidad para regalar las más tiernas caricias.


Este cuento es para ti, que sabes quien eres, que has llorado cada lágrima de Sherezade y has luchado por abrir su jaula de cristal.

Ahora hazle un favor a ella y libérala.

lunes, 8 de octubre de 2007

El Cuentacuentos "Paranoia"

Premisas falsas, conclusiones estúpidas, risa alocada que envuelve todo. Golpeas, ruges, arañas, destrozas. Quieres romper con todo, deshacerte de ese cuerpo que te encierra y no te deja ser tú. La vida vuelve a carecer de sentido.

¿Lo ves? Tus ojos están secos y llenos a la vez. Miras a tu alrededor y no ves nada, no sientes nada. Parece que todo se ha vuelto gris y triste de nuevo. ¿Volverás a ver la luz del sol? ¿Volverá a brillar para ti?

¿Lo sientes? Duele y no hay nada, desvarío, quizás solo eso, penumbra y soledad manchada de tinta roja en fondo negro. Piensas, actúas, intentas levantar la cabeza y no dejar que las lágrimas salgan de ti. Te las tragas, junto a tu dolor, lo masticas, y continúas caminando. Siempre adelante. Eso te prometiste. Pero es mentira. Y tus conclusiones son estúpidas. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué te callas? ¿Por qué no gritas lo que quieres decir? ¿Por qué tienes que continuar haciendo lo correcto? ¿Por qué? Si sientes que te encierra a pesar de que no lo ves.

¿Lo escuchas? Está gritando. Saciando su hambre y su sed con tu cuerpo y tu sangre. Sube por tus tripas, clavando sus garras en la piel. Y caes, al final siempre caes. Y terminas tendido e inmóvil, casi inerte, esperando. Porque vuelve, siempre vuelve. Y cuando lo hace siempre se lleva más de lo que trajo, más que la última vez.

¿Tienes miedo? Tu boca niega, pero no puedes negar la verdad de tu mirada. Miras hacia atrás, esperando encontrarlo de nuevo, agazapado, en la oscuridad de las escaleras, pero no hay nada. Nunca hay nada. Agitas la cabeza, sonríes, la demencia te lleva por el camino de la paranoia. Ya imaginas cosas y crees verlas en cualquier lugar, y lo sabes, estas convencido de que solo viven en la locura de tu mente.

Entras al baño, rápido, enciendes la luz. No soportas verte a oscuras en el espejo, por miedo a que no sea solo tu reflejo el que te devuelva. Lo sabes, no estás solo ahí. En las sombras, los ves, esperándote, gritando tu nombre en susurros ahogados a tu oído.

Te giras y la cortina vuelve a estar corrida. ¿Quién lo habrá hecho esta vez? Maldices. Todos tus miedos parecen querer hacerte prisionero en ese cuarto de baño. Cuentas. Sumas, restas, números y más números. Si al final siempre es igual y abres la cortina rápido mientras tu corazón te dice que no lo hagas y tu mente racional te dice que allí no hay nada. Y no hay nada. Nunca hay nada. La recoges en un rincón, te vuelves ante tu reflejo de nuevo sonriendo. ¿Serás capaz de apagar la luz y ver tu reflejo en él? Acercas la mano al interruptor, temblando un poco y riendo mientras te preguntas si ya te has vuelto loco del todo.

Apagas la luz y un segundo de oscuridad fue suficiente para mí. Te estaba observando, esperando. En el hueco de las escaleras, en los pliegues de la cortina, en la oscuridad de tu reflejo anhelante. Soy tu locura convertida en verdad. Un grito lo llena todo y luego, sólo silencio y una mueca desencajada en tu rostro.

martes, 25 de septiembre de 2007

El Cuentacuentos "Salvación"

Incluso el que menos te lo esperas podría ser quien te salve. Quien te salve de ti mismo, de tu guerra, de tus fantasmas, de tus miedos. Quien consiga alejar el dolor que llena tu alma y que quiere arrastrarte a un pozo negro, del cual no puedas escapar.

Quien menos te lo esperas podría no alejarse de ti aún sabiendo que le vas a dañar, puede que quien menos te lo esperas se levante y te abrace cuando quieras golpearle, puede que quien menos te lo esperas te dedique una sonrisa mientras tú le gritas que lo odias.

Quien menos te lo esperas podría robarte el alma con una mirada, o robarte un beso mientras le das la hora y condenar toda tu existencia a ese recuerdo.

Quien menos te lo esperas podría tenderte una mano amiga en un momento de total desesperación, cuando crees que todo está perdido y no ves más salida que la muerte.

Quien menos te lo esperas podría hacer que el mundo se detuviera para ti, para que el dolor que sientes se calmé un poco y poder seguir.

Y es que la vida es así, esta llena de sorpresas, de momentos en los que quien menos te lo esperas puede darle la vuelta a todo y poner tu mundo del revés. Jurarte que no soltará tu mano aunque le duelas, aunque le arañes, aunque le arrastres contigo.

Cuando esas cosas pasan nos solemos preguntar el porque, porque alguien esta dispuesto a sufrir tanto por nosotros. ¿Acaso vale la pena? Hay preguntas que no necesitan una respuesta, y esta es una de ellas. Si alguien esta dispuesto a sufrir por ti es que sí le vale la pena.

¿Serás tú mi ángel?

¿Me dejarás ser el tuyo?

lunes, 17 de septiembre de 2007

El Cuentacuentos "Melodía en colores dementes"

Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro. Una que cruja cuando pasen sus hojas viejas y desgastadas; que haga llorar, sentir. Impactar al mundo, hacer que me recuerden por siempre. Una vida que me haga inmortal a mí.

Las manos llenas de pintura dibujaban formas sin sentido en las paredes, mientras la música sonaba incesante en su cabeza. Se movía casi en una danza de locura y belleza, pintando música con colores de muerte, sintiendo cómo su melodía siniestra se convertía en algo más que notas que, descompasadas, le llevaban a hacerlo de nuevo.

Golpeó la pared. Primero una mano, luego otra. Una pausa y los tambores volvieron a sonar en su cabeza. Golpe, mano, pared, explosión de color y locura donde antes habitaba el blanco y su pureza. Un giro rápido hacia la izquierda y su pié se hundió en el rojo que aguardaba inquieto en su bote. Nuevo movimiento, voló por los aires dejando un rastro de sangre artificial. Huellas en el suelo y las manos gritando de color en las paredes.

Se arrodilló, las manos en la cabeza y color que resbalaba con libertad por su piel. El ritmo de su corazón se aceleró, al igual que los tambores, las manos enredadas en una extirpación de pelo y cordura, de arrancarse los sonidos de tormento que le martirizaban cada día, cada noche. Un grito fuerte y doloroso. Un grito que intentaba acallar sin conseguirlo las melodías que le torturaban desde su interior. Miró sus pinceles, ahora inútiles; hubo un día en que pudo pintar sutileza y amor con ellos, en delicados trazos sobre un lienzo en blanco. Eran inútiles como inútil era ella, como inútil era la monotonía de una existencia que avanzaba a trompicones, a golpes de tambor. Un salto hacia delante y seguía siempre en el mismo lugar. Le sangraba la vida entre las manos, huía mezclada con los colores de su delirio.

Se alzó en un impulso, en otro golpe de tambor, otro bombeo del corazón. Salió proyectada hacia delante, en dolorosa furia. La pared la acogió en un abrazo de piedra y muerte.

Apartaba la locura de la habitación como podía, esquivando los sin sentidos mientras avanzaba hacia ella. Reposaba allí, quieta, eterna, muerta en el suelo. Sangre mezclada con pintura. Las melodías que había pintado en las paredes le miraban con ojos dementes, un anuncio de su realidad por donde quiera que mirase. Habitación desnuda de muebles; sólo dibujos, pinturas, pinceles, sangre, un cuerpo desnudo y algo intenso y blanco en el centro de aquel caos. Algo que parecía un grito de cordura entre tanta demencia, entre tanto dolor. Se acercó despacio, casi con miedo a que se evaporase si corría demasiado.

Tomó la nota entre sus dedos y comenzó a leer.

Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro...


Maya Takameru y yo sosteniamos el pincel...


miércoles, 5 de septiembre de 2007

El Cuentacuentos "Lucifer"

Este cuento viene con canción incluida. Mi recomendación es escucharla mientras se lee ya que yo la escuché mientras lo escribía. La canción es Misa No-Uta de la banda sonora de Death Note.


Se mordió la voz hasta que le sangraron los silencios
, como suaves ríos de tinta roja, que necios se pierden entre la locura y eso que algunos tristemente llaman felicidad…

No le quedaba nada, solo silencio, ese silencio maldito en que el se sumió sin pensarlo, sin dudarlo. Temblaba frente al espejo, desnudando su alma. Arrancando jirones de su piel intentando comprender cuando, donde, por qué…

¿Qué había hecho ella para ser así?

Tan distinta a los demás, tan viva por dentro y con esa máscara de irrealidad en su rostro incapaz de regalar sonrisas ni llantos.

¿Marrones o rojos? ¿De qué color eran sus ojos?

Los recordaba marrones pero era fuego la imagen que le devolvía su reflejo. Rojo fuego en la mirada. Lo vio, estaba ahí, parado frente a ella… por fin.

-¿Quién eres?

Ya sabes quien soy, siempre lo has sabido.

-Te llame y no viniste, ¿por qué ahora?

Ahora estás preparada.

-Tengo miedo…

No, no lo tienes. Ya no. Nunca más.

Una mano tendida a través del espejo que se aferra fuertemente a la suya y todo cobra sentido. Un fuego inundó todo.

Ardió y no dejó nada tras ella. Su fuego y su furia, su dolor y su llanto, su pena y su locura ardiendo con ella, pero sin quemarla, sin destrozarla, dejándola ser ella, solo eso.

Ella.

Abrió sus alas negras y sonrió mientras el fuego la envolvía devorándolo todo. Ya no tenía miedo…

Lucifer vivía en ella, ya no había nada que temer.


Nació de ti y para ti.

Espero que tú sí lo entiendas.

Besos.

lunes, 3 de septiembre de 2007

El Cuentacuentos "Rota"

La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición. Pocos podrían saber cuan grande era la maldición que pesaba sobre ella, que la desgarraba ahora, que la hacía sentirse horrible. Se contempló desnuda ante el espejo. Sus ojos azules la miraban sin expresión, casi sin vida, como dos enormes pozos vacíos. Su belleza la traicionó. La había llevado a un lugar donde el dolor reinaba y ella no podía hacer nada.

Tomó un cuchillo con las manos temblorosas, llorando lágrimas silenciosas por sus ojos carentes de vida. Se detuvo un segundo antes de empezar el ritual, cogió aire y suspiró con fuerza mientras gritaba.

Un primer corte, limpio, recto, perfecto, como ella.

Atravesó sus labios con la fina hoja del cuchillo y no se detuvo un segundo a pesar del dolor. La sangre brotó a borbotones por esos rojos labios que habían llevado a la locura a mil hombres en un solo día. Siempre habían sido rojos, como la sangre, rió ante la idea que ahora esa misma sangre los cubriera.

-Ya no volverás locos a nadie más... todo terminará hoy.

Continuó el camino de la tortura, dispuesta a terminar con su belleza, a arrancar del espejo esa cara que les volvía locos, que les hacia desearla más que a nada en el mundo. Ese deseo que la había destrozado una y mil veces cada día.

En cada mirada lasciva, en cada palabra llena de deseo, de sexualidad. En las caricias que le habían robado a escondidas, acallando sus labios con besos que no deseaba. Era difícil vivir así…

La decisión estaba tomada. Llenó su rostro de cortos, algunos muy profundos, como las heridas infligidas en su piel con el nombre de caricias que su padre le había ofrecido desde pequeña. Otras más suaves, como las del mozo de la cuadra de su padre. Él si la llenaba de vida, él si la hacia sentir bien. Pero todo había terminado. Su padre no lo permitiría, estaba apunto de ser desposada con el hijo de un Conde que había quedado prendado por su belleza.

-¡Por tu maldita belleza!- grito a su rostro que parecía contemplarla burlesco.

Agarró el cuchillo con fuerza, cansada de los cortes superficiales y lo apretó con fuerza en su cara. Cubriéndose por completo de sangre. Esta se mezclaba con las lágrimas saladas como si se tratase de una pintura que hay que rebajar con agua para poder utilizar. No detuvo su camino. Ante nada, ante nadie. Ni el dolor que acompañaba cada corte podía superar el dolor que llenaba su alma al verse despojada del derecho de ser feliz, por ser hermosa.

Observó su rostro ante el espejo y sonrió de nuevo, a pesar del dolor. Ya no era hermosa, ahora nadie la amaría, nadie la desearía, nadie le robaría caricias a escondidas. Escuchó pasos tras ella, sabia que se trataba de su padre, que venía a entregarla a su futuro esposo. No cubrió su cuerpo, esperando ver la reacción de su padre al ver que había destrozado eso que él tanto deseaba y poseía por las noches. Escuchó el grito cuando abrió la puerta y le miró a los ojos, con toda la furia que sus diecisiete años pudieron contener.

-Adiós, papá.

Y hundió el cuchillo con fuerza en sus entrañas, ante los ojos perturbados e implorantes de su padre.

Sintió como la vida se escapaba de su cuerpo y flotó, se miró a si misma, retorciéndose entre llanto, vísceras y sangre mientras su padre gritaba.

Era libre, libre por fin.

lunes, 27 de agosto de 2007

El Cuentacuentos "El Libro del Desván"

-El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él.- leyó en voz baja extrañado, se giró para mirar a su abuelo y levantó la voz- ¿Abuelo, no decías que este era un libro sobre tu vida?

Había cerrado la gruesa tapa negra bruscamente, de las amarillentas hojas tan finas como el papel con el que el mismo anciano que le miraba se liaba los cigarros, salió un poco de polvo debido al tiempo acumulado en ellas. Tiempo que había supuesto olvido. Su abuelo le miró por encima de la gafas, con una sonrisa bromista, casi juguetona en el rostro.

-Yo nunca he dicho eso… -dijo con un tono de voz que quería sonar a misterio- Yo dije que ese libro te contaría tu historia igual que a mí me contó la mía.

Volteó los ojos, crispado, desde luego su madre tenía razón, el abuelo se había vuelto definitivamente loco. Decidió que era mejor hacer como que no le había escuchado, dejarlo sentado en el viejo butacón donde solía contar sus batallitas y ponerse a jugar a la Play Station 3, que para algo la había comprado y pirateado.

Caminó arrastrando sus pies por el salón y golpeó el libro para apartarlo. Este se abrió casi por la mitad. Las páginas 1.178 y 1.179 lucían completamente en blanco. Se acercó un poco más al libro, con algo de curiosidad, se sentó en el suelo y lo puso entre sus piernas. Era un libro muy grande y pesado, debía tener como unas 2.000 páginas. Las ojeo por encima, estaban todas en blanco. Lo único que había escrito en ellas era el número de páginas y aquella extraña introducción que no le recordaba para nada a la vida que sabia había tenido su abuelo, por mucho que él llevase todo el día empeñado en decir que ese libro contaba su historia, la de todos.

Miró la última página, el libro tenía 2.019 páginas. Todos amarilleadas por el paso del tiempo, por el olvido que las había castigado a permanecer encerradas dentro de un viejo baúl que su abuelo conservaba en el desván y, que solo hoy y por ser su cumpleaños número doce, había decidido entregarle. Con aire de incredulidad giro la cabeza hasta contemplar a su abuelo que no se había movido de donde le había dejado. No sabia porque pero hoy parecía distinto. Siempre había sido mayor, siempre había delirado un poco, pero hoy había algo en su mirada que era diferente. Cerró el pesado libro e hizo lo que su abuelo le había pedido esa mañana temprano. Sentarse tranquilamente a su lado y leérselo. Ahora que había visto que estaba en blanco no le resultaba una tarea tan tediosa.

-¿Sabes que el libro está en blanco?- dijo con una sonrisa casi maléfica en el rostro.

-Solo ahora, si vas leyendo, él te irá contando tu historia.

Rió, no podía evitarlo. Su abuelo se había vuelto realmente loco. Decidió mostrarle a su abuelo lo que decía, quizás un golpe con la realidad le haría volver de nuevo al mundo de los cuerdos.

-Menos mal que no está mamá aquí para escucharte, sino hoy no te libras del geriátrico.- Abrió el libro por la primera página, levantándolo para que su abuelo lo viera con claridad. Leyó en voz alta.- “EL PISTOLERO” ¡Ves! Nada de la segunda guerra mundial ni esas patrañas. Va de un pistolero, como los de las películas de Clint Eastwood.

Su abuelo solo sonreía, con una mirada infantil, llena de una alegría y un entusiasmo que se contagiaban con solo mirarle. Quizás por eso seguía sentado a su lado sujetando ese pesado libro entre sus manos.

Pasó página de nuevo y se encontró con la misma frase con la que había empezado todo. Debajo de ella no había nada. Solo una página amarilla y demasiado fina como para aguantar que la pasara sin mucho cuidado. Pero, de pronto, algo sucedió. Tenía la vista fija en esa página, esa página de ese libro sin nombre en la portada, ese libro que parecía tener más de mil años y que también parecía esconder más de mil secretos. Y entonces sucedió. Las palabras empezaron a escribirse solas delante de sus ojos. El susto hizo que el libro se le cayese al suelo, recogió sus piernas contra su pecho y lo miro desde el sofá mientras su abuelo reía.

-¡Ves, pequeño! Ahora te esta contando tu historia. No tengas miedo…

Levantó la mirada del libro y miró a su abuelo de nuevo, no entendía como podía permanecer tan tranquilo después de lo que había visto. Señaló el libro con una mano temblorosa.

-¿Tú sabias… eso? –preguntó asustado.

El abuelo se rascó la barba, hizo ademán de pensar un poco y le espetó a la cara.

-Claro que lo sabía. Por eso es un regalo tan especial. Por eso tenia que dártelo a solas. Por eso te dije que contaba tu historia.

Aún temblaba cuando se bajo del sofá y se acercó de nuevo al viejo libro, este había caído de cualquier manera, sus amarillentas páginas estaban dobladas y las tapas caían ambas al mismo lado. Lo agarró con fuerza y lo cerró. Poniéndolo frente a él, perfectamente recto, perfectamente cerrado, con todas las páginas perfectamente lisas. Estaba asustado. Cogió aire mientras escuchaba a su abuelo reír como un niño pequeño la mañana de reyes y lo abrió, de nuevo el título rezó en su primera página. No había nada más. Ni escritor, ni prologo, ni resumen, ni nombres de capítulos. Solo esas dos palabras en el centro de la página.


EL PISTOLERO


Acercó su mano sigilosamente para acariciar las letras. No estaban abultadas, no parecían estar escritas con tinta, ni grabadas. Nadie podría grabar nada en ese fino papel. Giró la cabeza y miró a su abuelo que permanecía expectante. Pasó la página temblando, con cuidado, como nunca antes había pasado ninguna página de ningún libro.

Las palabras seguían escribiéndose ante él. Maravillado, empezó a leerlas. Poniendo atención y un énfasis especial en cada una de ellas. Viendo al hombre de negro en su cabeza mientras las leía. Absortó, se perdió en sus palabras, en esas que se escribían ante sus ojos. Agachó la cabeza y se aproximó la más que pudo al libro. Al cabo de un rato sintió calor. Levantó la mirada y lo que vio le dejo paralizado. Ya no estaba en el suelo del salón de su casa. Estaba en un desierto, pero no en cualquier desierto. El desierto era inmenso, la apoteosis de todos los desiertos. Mientras miraba absorto a su alrededor sintió una ligereza en las piernas, agachó la cabeza y vio que el libro había desaparecido. Se puso en pie, aturdido y una alargada sombra le respondió desde la blanca y reseca extensión del desierto. Se miró de arriba abajo y no se reconoció. Sus manos eran grandes, fuertes y de sus caderas, metidas en sus fundas, con sus correas cruzadas sobre su bajo vientre, colgaban dos pistolas que le quedaban a la altura perfecta para esas fuertes manos que no reconocía como suyas pero que le pertenecían no sabía cómo ni por qué.

De pronto le asaltó un vértigo momentáneo, una sensación de vahído que hizo que el mundo entero fuera como algo efímero, un objeto que casi se podía atravesar con la mirada. La sensación se desvaneció y, al igual que el mundo sobre el cuyo pellejo caminaba, también él se movió. Ya lo recordaba todo. Tenía que cazar al hombre de negro, lo había prometido.

El abuelo se acercó al libro y vio como la silueta de su nieto se transformaba. Sonrió y cerró el libro despacio, subiéndolo de nuevo al desván mientras acariciaba el lomo y no dejaba de repetir.

-Buena suerte, Roland.


Para Aarón

N/A: Las frases que están escritas en otro tipo de letra y en cursiva han sido extraídas del tomo primero de “La Torre Oscura – El Pistolero” escrito por Stephen King. Esto me pasa por poner mi cerebro en Modo Paranoia ON.

lunes, 20 de agosto de 2007

El Cuentacuentos "Un bolso de mujer"

-Aquí todo el mundo va a su bola, menos yo que voy a la mía.- gritó- ¡Ya estoy harta!

Dijo esto mientras se ponía sobre la mesa, con unas copas de cava de más en el cuerpo, otra en la mano que estaba siendo ingerida a la misma pasmosa velocidad, las medias rasgadas y el rímel corriendo por sus mejillas inundadas en lágrimas. Busco un pañuelo en su bolso y encontró algo más interesante que un simple pañuelo de papel.


Había organizado toda la velada, llevaba más de un mes planificándolo todo.

Se había puesto en contacto con los del catering, uno muy selecto que había tardado siglos en encontrar, de estos que hacían comida de autor mezclando las bases de la cocina mediterránea con la japonesa, para sorprender y contentar a sus jefes.

Había visitado las mejores cavas de Cataluña, buscando un buen cava que acompañase la velada, algo que entrara suave pero con cuerpo, que no dejase indiferente a nadie. Una pequeña cava familiar de Sant Sadorni d’Anoia había sido la escogida, tenían un cava brut exquisito que combinaba a la perfección con la comida de aquella noche y una versión sin licor que iría perfecta para el director adjunto que no podía tomar nada que tuviera alcohol porque era un ex alcohólico, pero que le había pedido a Neus que nadie lo supiera.

Había contratado la banda musical que ahora tocaba una suave melodía de jazz, después de llevar meses hablando con la secretaria de Fujiyama se había enterado que este hombre era un apasionado del jazz y Adelfried le había pedido que trajese todo lo que el japonés quisiera ver, oír y probar. Necesitaban esa fusión con la empresa japonés más que cualquier otra cosa en el mundo.

Había buscado el local, uno grande pero sin resultar exagerado puesto que solo serian 37 personas las que vendrían a la cena. Busco una buena situación, algo que dijera que no somos pobres pero que no les saliera muy caro. Conocía a un joven arquitecto que les dejo un local que iban a derribar en unas semana, cerca de Passeig de Gracia. Los japonés quedaron impresionados con el lugar, incluso Adelfried tuvo que contener el aliento cuando vio el lugar, su germánica cara no demostró expresión alguna, eso era algo a lo que Neus se había acostumbrado, pero si la miro un poco extraño. Solo se acerco a Neus para preguntarle por cuanto le había salido la broma y cuantos años iban a tener que hipotecarse para pagar aquella fiesta.

Se había encargado de la decoración, esto de forma personal, llevaba tres semanas yendo al lugar cada día después del trabajo, con Marie, una compañera francesa de la misma oficina. El presupuesto no daba para mucho, así que no les quedo otra que hacer algunas cosas de forma artesanal y Marie resulto ser una chica muy artística y contaban con la ayuda de Andreus, el novio griego de Marie, un joven pintor en auge, así que moviendo unos cuantos hilos y hablando con unos amigos del chico, todo resulto más sencillo, divertido y rápido de lo que Neus esperaba.

Había buscado el mejor traductor de japonés de la ciudad, por si la cosa se ponia muy técnica y no llegaban a entenderse.

Y todo lo había hecho buscando y comparando precios, para no salirse del reducidísimo presupuesto que Adelfried le había concedido. ¿Y para qué? Para nada.


No había servido de nada. Estaba en el cuarto de baño cuando les escucho hablar. Adelfried con el señor Mathews “El Gran Jefe” como solían llamarle cuando no estaba presente. Habían logrado la fusión, no era oficial aún pero el señor Fujiyama ya se lo había dicho en persona. Entonces lo escuchó.

-Hay que reducir personal. Creo que la rubia del cuerpazo ira mejor como secretaria adjunta que la que tenemos hasta ahora. ¿Tú que crees?

-Hombre… Neus trabaja muy bien, pero desde luego no tiene una imagen tan agradable como la de Ivonne. Y todos sabemos que en estos tiempos que corren la imagen es muy importante.

-Pues no queda otra, Neus fuera, la chica francesa y ese tonto de gafas que siempre me trae mal el café también.

-Sí, esa gente ya lleva demasiado tiempo aquí…

Escuchó las voces alejarse, mientras se reían. Se sentó en el suelo del servicio y lloró.

-Tanto tiempo, ilusiones, esfuerzos y trabajo para nada… Para que la rubia tetona se quede con todo.

Se levantó del suelo y se sacudió el vestido, enfadada con ella misma por no ver venir algo así, con sus jefes por tratarla así solo por no tener el cuerpazo de Ivonne y por la genética por no haberle concedido un cuerpo como el de la susodicha. Ella era la que sabía como funcionaba todo en la empresa, ella era quien gestionaba todo mientras Adelfried se acostaba con Ivonne.


Y ahora les miraba a todos, subida en lo alto de una de las mesas del carísimo catering que había encargado, con la copa en la mano las medias rasgadas, el rímel corriendo por su cara entre sus lágrimas y odio en sus palabras.

-¿Sabes que te digo, Adelfried? ¡Que te metas tu asqueroso trabajo y la tetuda esa por donde te quepan! Y que la próxima estúpida fiesta, la organices tú, porque yo no te pienso ayudar.

Adelfried la miraba enfadado mientras acompañaba a los japonés a otro lugar y les decía algo sobre que estaba loca. Neus se bajo de la mesa a toda velocidad, apartando a Marie mientras le decía que luego se lo explicaría todo, corrió hacia los japoneses mientras abría su bolso y sacaba unos papeles que les tendió. Adelfried la miro incrédulo, sin saber que significaba aquello. Neus empezó a hablar en japonés, apartando con un codazo suave al que, hasta el momento, era su jefe. Adelfried intentaba apartarla mientras leía por encima los papeles, pero los japonés parecían muy interesado y pronto le pidieron al germánico que les dejara a solas con la señorita.
A los pocos minutos, Mathews entró en la conversación mientras que Adelfried permanecía alejado mirando.


Al cabo de unos vente minutos, Neus camino hacia él con una sonrisa triunfal en la cara.

-Lo siento, Adel, querido... -dijo con un tono de voz juguetón- pero parece que seré yo la que me quede con la secretaria tetuda.- se giro hacia Ivonne que parecía intrigada pero feliz, puesto que acostarse con el jefe no había sido algo que hiciera en vano. –Aunque, creo que prefiero quedarme con Marie, que no se folla a nadie para ascender.

-¿Qué había en esos papeles? –pregunto enojado.

-¿Qué que había?- sonrió- Adel, querido, nunca subestimes un bolso de mujer. Y… por cierto, ¡estás despedido!

lunes, 13 de agosto de 2007

El Cuentacuentos "Silencio"

Nada más despertar, se gira y lo descubre a su lado. Sabe que está despierto porque siente su mirada clavada en ella, como cada mañana. Se pregunta cuanto tiempo lleva allí, en silencio, apoyado en uno de sus brazos observándola dormir, pero no tiene caso preguntarle, él siempre contesta lo mismo.

No el suficiente, amor, nunca es suficiente.

Y Sofía lo entiende, lo entiende porque, a pesar de que Isaac no sabe nada, ella cada noche espera a que él se duerma para poder mirarle mientras la luna arranca destellos de su cabello. Son tan parecidos que a veces es difícil saber donde termina uno y donde empieza el otro.

Sofía se mueve, se acerca a él, esperando ese ansiado beso que la lleva hasta la luna para poder acurrucarse en él, apoyar la cabeza en su pecho y pasar así buena parte de la mañana. Como hacen todas las mañanas.

Isaac la recibe entre sus brazos, entre sus labios y casi entre su alma. La rodea con las piernas mientras arropa a ambos con la sábana que les estorbó hace unas horas cuando se regalaron amor y placer hasta quedar exhaustos. Sofía le abraza, entierra su cabeza en lo más profundo de él, puede escuchar sus latidos acompasados con los que ella misma siente en su pecho, parecen dos tambores que repiten incesantemente la misma melodía de amor.

Isaac mira por la ventana, el sol aún esta bajo, aún hay tiempo para una última vez, para una última ocasión de tocar el cielo en los brazos del otro. Desliza su mano por la cintura de Sofía y encierra un pecho en ella mientras le besa en el cuello. Sofía se retuerce un poco y pega más su cuerpo contra el de su amante, antes de cerrar los ojos y dejarse llevar por la pasión, mira por la ventana, como hace un segundo hizo él.

El sol aún no esta alto, aún hay tiempo para una última vez…

Y se mueve para acercarse a sus labios y besarle con ternura. Es un sinuoso camino de suaves mordiscos y susurros a media voz, de caricias entre las sabanas y roces torturadores, de gemidos contenidos y besos apasionados, de saliva en la piel del otro y palabras de amor dichas al unísono. Envueltos en un manto de sensaciones que no pueden expresar, llegan al éxtasis mientras enlazan sus manos y se miran como si en el mundo no existiese nada más que el otro.

Isaac se deja caer suavemente sobre el cuerpo de Sofía, sudando, respirando el mismo aire que ella expulsa, bebiendo vida de los labios del otro. Como si no quedara tiempo. Miran por la ventana, los dos a la vez, buscando ese sol que les maldice y les condena, ya lo pueden ver, iluminándoles, envolviéndoles en un calor traidor y doloroso. Isaac se levanta de la cama sin decir nada, se acerca a la ventana y corre las cortinas malhumorado, para luego volver junto a Sofía que le mira aferrada a las sábanas.

Hace frío.

Isaac se aproxima más a ella y la rodea con su cuerpo dándose cuenta de que es cierto, la piel de Sofía está helada, nada parecía advertir que hacía tan solo unos minutos había estado sentada sobre él mientras gotas de sudar resbalan por su piel mezcladas con la saliva. Isaac no entiende qué ocurre y se preocupa, intenta incorporarse para buscar una manta en un armario cuando el abrazo de Sofía le detiene.

No te vayas, quédate conmigo.

Vuelve a sentarse a su lado, abre las piernas y deja que Sofía se acurruque en él, la rodea con todo su cuerpo, casi parece que ambos formen parte de un mismo ser. Hunde la cabeza en su pelo, aspirando su aroma, deleitándose con la dulzura de las frutas que parecen salir de su mata cabello arremolinado. No dicen nada, ambos se quedan en silencio, inmóviles, como queriendo detener el tiempo en ese instante, pensando que si consiguen mantenerse en la misma posición y sin decir nada, el reloj detendrá esa cuenta atrás que parece grabarles cada segundo con una cicatriz en la piel.

Y de pronto lo siente, un sollozo, se remueve nervioso buscando la cara de Sofía, apartando el cabello en el que hace un segundo se entretenía, y allí lo encuentra, a él, a ese que siempre les acompaña. El dolor. Reflejado en los ojos de Sofía, en cada una de las lágrimas que corren poderosas sus mejillas arrancando con ellas la alegría del corazón de Isaac. La mira, aparta todo el cabello, le besa los ojos, le besa cada lágrima como siempre juró que haría, susurra su nombre a su oído.

Sofía…

Sofía…

Sofía…

Pero Sofía sigue incesante con ese mar de lágrimas que parece haberla desterrado de la vida. Isaac la abraza, intentando calentarla de nuevo, intentando que ese abrazo le traspase la piel y poder entrar dentro de ella, para arrancarle ese dolor que parece estar desgarrándola, pero nada la consuela. Sofía continúa con su llanto, solo lo interrumpe para repetir su nombre mientras se abraza con fuerza a él, clavando sus uñas en su espalda, como intentando que su piel desaparezca para poder fundirse con él.

Isaac…

Isaac…

Isaac…

No saben cuanto tiempo llevan así, susurrándose sus nombres, abrazados, desnudos, llorando en la piel del otro, ella a lágrima viva, él por dentro, dejando que su llanto silencioso se derrame en su interior para no lastimar más a Sofía, cuando un sonido les devuelve a la cruda realidad, a esa que es tan dolorosa que no saben como la van a poder soportar. Sofía se aleja de él, de pronto, sin mediar explicación, de un salto a la mesita de noche donde el despertador les recita la melodía de su separación. Lo agarra con fuerza y lo lanza contra una pared, gritando, gimiendo de dolor, mientras las lágrimas continúan descendiendo por su piel. De otro salto se abraza la cintura de Isaac e implora.

¡Quédate! ¡No te vayas! ¡No me dejes! ¡Me ahogo sin ti! ¡Te necesito!

Hace eso a lo que siempre se resistió, eso que se han prometido no decirse para no dañarse, pero ya le da igual, no le importa herirle, sabe que lo que pasan les duele igual. Isaac la mira, ahí tendida, aferrada a su cuerpo tan fuerte que casi no puede respirar.

¿O será porque sé que me tengo que alejar?

Un segundo y toda su fuerza se desvanece, no sabe como, ni porqué, solo que se odia por ser débil ante ella, por serlo cuando ella le necesita fuerte, pero no puede evitarlo. No si ella le implora que no se aleje cuando lo último que quiere hacer en el mundo es separarse de ella. Las lágrimas recorren ahora su rostro, se muerde los labios para no sollozar, para que Sofía no le escuche y le mire. Sabe que si le mira, si le ve llorar, si ve como el dolor le parte por la mitad por tener que alejarse de ella, no podrá hacerlo y…

Resulta loco y absurdo tener que separarse, pero tengo que irme.

No comprende aún cómo lo ha hecho, cómo ha conseguido que esas palabras salgan de sus labios, supone que las tiene grabadas en su cerebro y este las ha dicho de forma automática cuando más temeroso estaba. Sofía se estrecha con más fuerza a él, le mira, le grita.

¡NO! ¡No te dejaré marchar! ¡No puedo más! ¿No lo ves? Me muero sin ti.

Isaac se remueve de nuevo, aparta las manos de Sofía de su cuerpo sintiendo como si apartase su propio corazón, sus tripas, sus pulmones. Cada vez que separa una mano, Sofía aferra la otra con más fuerza. Isaac solloza, sin fuerzas, deseando no tener que partir, no quiere alejarse de ella, es como separarse de una parte de él, como desprenderse de lo que le da la vida, y es que es exactamente eso, es como si estuviese muriendo. Vuelve a apartar los brazos de Sofía mientras le susurra, ahogado en su dolor.

Sofía, por favor…

Y el abrazo de Sofía se detiene, Isaac aparta sus brazos y estos caen como muertos, como si de una muñeca de trapo se tratase. Siente como si su alma se desgarrase en dos. Es mejor verla luchando por tenerlo a su lado, intentando impedir un adiós que ambos saben que es inevitable, que derrotada. No soporta verla derrotada. Cuando Sofía caía en la derrota era casi imposible llenar ese vacío que es interponía entre ella y el resto del mundo. Ahora es Isaac el que, llorando e implorando, se aferra al cuerpo desnudo y frío de Sofía. Es él quien sostiene sus brazos alrededor de su cuerpo buscando el abrazo del que antes huía. Pero no hay abrazo, no hay fuerzas, no queda nada. Por no haber, parece que no hubiese ni Sofía. Mira en sus ojos, vacíos. Dos pozos oscuros sin brillo, sin alegría, sin llanto, sin risa… sin vida. Se siente como un ser indeseable, como una rata traidora, como si mereciese todos los males del mundo por hacerle tanto daño a Sofía. Mira el reloj de pulsera que tiene en la mesita. Faltan treinta minutos para que tenga que salir por esa puerta y no volver a ver a Sofía en meses. Cuando estén juntos otra vez, ella pasará las noches en vela mirándole y él hará como si no se diera cuenta de ese ritual que él mismo emprende cada mañana; luego, al pasar la semana, otra despedida. Otra vez los llantos, la ira, el dolor, el sufrimiento y la derrota de Sofía. Isaac se levanta, despacio, cansado, desalmado, camina por la habitación buscando las pocas cosas que quedan fuera de la maleta roja que reposa en un oscuro rincón, como si allí no doliese tanto. En pocos minutos escucha el claxon del taxi que le espera en la puerta. La mira casi por última vez: continúa tendida en la cama, con los ojos vacíos, derramando un llanto que parece no salir de ningún lugar. Se acerca despacio a ella, acaricia su rostro, limpia sus lágrimas, ordena su cabello, pasa su dedo por sus labios, delineándolos suavemente; sabe que ese gesto le encanta, normalmente siempre sonríe cuando lo hace, pero no ahora. La besa dejando escapar un gemido de dolor contenido.

Volveré pronto, te lo prometo. Te amo, Sofía…

Sabe que Sofía le ha escuchado, pero no le responderá. Ahora Sofía no existe, es solo un cúmulo de dolor que derrama lagrimas desnuda en una fría cama, intentando no morirse, intentando que el dolor que siente no sea tan profundo que no la deje volver a respirar. Isaac camina hacia la puerta, arrastrando su maleta, sus pies, su alma, y su vida. Suplicando a Dios que le deje verla sonreír antes de partir, abre la puerta despacio y se vuelve para mirarla: a través del pasillo ve la cama, y a Sofía ahí, tirada. Le suplica con la mirada; le pide una palabra, un susurro, un gesto, pero no hay nada. Suspira. El claxon vuelve a sonar. Sale por la puerta, derrotado, caminado por inercia más que por ganas. Cierra despacio, intentando cerrar con esa puerta eso que le hace tanto daño, que le invita a morir. Dentro, desde esa cama que les ha visto entregarse en cuerpo y alma, alguien dice unas palabras que él nunca escuchará.

Sé que volverás. Te amo, Isaac…


martes, 7 de agosto de 2007

El Cuentacuentos "Solo un segundo"

Le escuché en silencio porque escupir aquella historia parecía costarle demasiado. Cada una de sus palabras parecía abrirle cicatrices en la piel, como si nunca hubieran desparecido, como si sus palabras fueran cuchillos que se deslizaban por su piel y le cortaban. Temblaba, de rabia, de impotencia, de dolor, pero no lloraba, no aún.
Yo no podía hacer nada, solo mirarle, escucharle, tenderle mi mano y aferrarme a la suya como quien se aferra a la vida, intentando recordarle que nunca estará solo, intentando que esta vez no lo vuelva a olvidar, que yo no me iré de su lado, que recorreré esos tortuosos caminos de desesperación con él, por él.
Hacia frío mientras abría su corazón, mientras vertía su alma en palabras que parecían querer consumirle, mire a mi alrededor, buscando una ventana abierta, pero no había ninguna, todo estaba cerrado, como siempre en esa maldita blanca habitación. Ni una pequeña brisa podría recorrerla. Entonces lo entendí, si hacia frío era por él, porque estaba sacando todo el dolor que guardaba dentro y ese dolor consumía el calor humano que desprendíamos los dos.
-¿Entiendes porque lo hice?- me pregunta mirándome a los ojos de nuevo, buscando, desesperado, un ápice del perdón que él mismo jamás se daría.
-Sí, lo entiendo.
Sonríe de forma sarcástica, casi cruel, levanta la mirada hacia el techo de la habitación acolchada buscando algo, no sé el qué.
-Pues explícamelo, porque no lo logro comprender…- suspira y, por un instante, parece que una lágrima solitaria amenace con escapar de la inmensidad de sus ojos que, a pesar de las arrugas, siguen pareciendo los del joven de 20 años que hace ya una vida que conocí- ¡He hecho cosas horribles! ¿Por qué sigues a mi lado? No te merezco…
-Porque te amo.- le respondo mirándole directamente mientras le tiendo mi mano.
Se levanta de pronto, casi sin darme tiempo a reaccionar, sus ojos envueltos en ira me miran con desprecio, su voz retumba en la blanca habitación mientras me grita y yo solo puedo encogerme y temblar de miedo.
-¡Tú no me amas! ¡Ni yo a ti! ¡Eres despreciable! ¡Es mejor que te vayas y no vuelvas nunca! ¡Te odio!
No sé como consigo levantarme de la cama y encararle, es duro, es difícil hacerlo, pero lo logro. Me levanto y camino los pocos pasos que me separan de él. La ira que el envuelve parece no dejar que nadie se acerque, pero no le temo, ha hecho daño a muchos, pero nunca mi. Sé que detrás de las puertas, los enfermeros están atentos a todos sus movimientos y que sus gritos han hecho que vengan corriendo, les escucho meter las llaves en la puerta mientras me gritan que me aleje de él. Mientras él mismo me grita que no me acerque más o me matara, pero sigo caminando, mirándole directamente a los ojos, sin decir nada, solo nos separan centímetros y no le temo.
Cuando los enfermeros abren la puerta se quedan paralizados ante la escena, sabían que era muy agresivo, peligroso y enmudecieron ante lo que vieron al atravesar el umbral con las correas preparadas y la jeringuilla en la mano. Ahí estaba él, abrazado a mi cintura, tirado en el suelo, con su cabeza apoyada en mis piernas mientras lloraba desconsolado y yo le acariciaba su, ahora veteada de gris, melena con mis manos arrugadas.
-Shhh- digo mientras indico a los enfermeros que se marchen- Ya esta todo bien, amor, llora, no pasa nada. Llorar te hará bien. Yo no te dejaré solo nunca. Siempre estaré contigo, amor. Llora mi niño, que el dolor con llanto se va.
Y lloró, lloró lo que parecía ser un mar, lloró tanto como no había llorado en su vida, dejando salir sus miedos, su ira, su dolor, quedando limpio y tranquilo por primera vez en su vida. Levantó la cabeza y me miró, con la misma expresión de amor que cuando nos conocimos.
-Gracias… -susurró aún sollozando.
Los médicos abren la puerta y dicen que me tengo que marchar, veo que implora con su mirada que no me vaya mientras yo imploro a los médicos que me dejen llevármelo conmigo.
-Sabe que no esta bien aún, mañana podrá volver.
Me levanto como puedo, con él aún aferrado a mi cintura suplicando porque no le deje solo.
-Cuando te vas, ellos vuelven, todas las noches vuelven…
No puedo contener las lágrimas en mis ojos mientras salgo de la habitación, pensando en lo mucho que me duele esta situación. Me miras de nuevo, pero ya no hay amor en tus ojos. Solo veo desprecio y odio.
-¡Eso! ¡Vete! ¡No te necesito! ¡No necesito a nadie! ¡Eres como ellos! ¡No, eres peor! ¡No vuelvas! ¡No te necesito!- te agarras a la puerta para mirarme mientras yo intento rehuir esa mirada que me hace desear morir- ¿Me escuchas? ¡NO TE NECESITO!
Agacho la cabeza y acepto el brazo del joven medico que me acompaña a la salida, sola ya no puedo caminar, no después de tus palabras. Hace años que te visito, hace años que me cuentas cada día la misma historia, hace años que me perdonas y me vuelves a odiar de nuevo, que me amas y me destruyes y yo solo puedo volver cada día y luchar por tenerte un segundo en mis brazos.
-Hace años que está así, ¿Por qué continúa viniendo? Sabe que no mejorará nunca–me pregunta el medico que me acompaña a la salida con curiosidad en la mirada.
Le miro a sus ojos jóvenes y llenos de curiosidad y solo puedo sonreír.
-Porque él me da la vida, pequeño, y sin él, no soy nada. Vendría cada día de mi vida, aunque me grite, me insulte, me escupa y me golpee solo por ese segundo en que se aferra a mi cintura y volvemos a ser esos jóvenes de 20 años que prometieron amarse hasta la tumba.

lunes, 30 de julio de 2007

El Cuentacuentos "Adiós"

No hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

Se repetía una y otra vez mientras el reloj el recordaba que quedaba menos, que cada segundo que esperaba, ahí, quieto, sin decir nada, sin gritar, sin dejar de contener todo lo que tenia dentro, era un segundo desperdiciado.

Quería dolerle, quería poder hacer lo que tantas veces ella le hacía. Romperle el corazón, decirle que le daba todo igual, que Ya no te quiero, como miles de veces ella se lo decía, solo para herirle, solo para atarle más a ella. Ella le hería para tenerle a su merced, él lo sabía, lo sabia y se dejaba hacer. Pero no podía más.

De nuevo estaban en la misma situación. Ella le gritaba, le soltaba una palabra hiriente tras otra, mirándole directamente a los ojos, con furia, dolor, miedo y traición. Él solo agachaba la cabeza, como miles de veces había hecho. Apretaba sus puños para no golpearla, para no dejar salir la rabia que le consumía y le hacia desear verla morir.

Volvía a repetirse esas palabras en su cabeza de nuevo.

No hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

Eran tan reales…. Sabía que si tenía fuerza, que si era capaz de mostrarse indiferente ante ella quizás así podría empezar a olvidarla. Salir de la red en que ella le atrapaba.

-¡Mírame cuando te hablo! –grito enfurecida.

Él levantó la cabeza y la miró. La miró como nunca antes la había mirado. Era hermosa, la más hermosa de todas. Sus fascinantes ojos casi grises, la piel clara como la luna, labios rojos, una larga melena envolviendo sus facciones en cada uno de sus tirabuzones rubios. Pero hoy no veía eso, hoy veía su cara desfigurada por el odio, sus ojos envueltos en una furia incontenible, agitaba sus puños mientras le decía que le odiaba, que no era nada para ella, que quería que se fuera. Y se dio la vuelta y se fue.

Escuchó a sus espaldas como ella le llamaba, insultándole al principio, riendose de él, hiriéndole de nuevo con sus palabras.

-¿Dónde vas? No puedes dejarme, no eres nada sin mí.

Pero no se dio la vuelta, siguió caminando, como si no la escuchase, pronto sus burlas se tornaron suplicas, sus risas llantos, sus palabras hirientes se transformaron en ruegos que le suplicaban que no se alejara más.

Cerró sus ojos intentando cerrar con ellos su alma, intentando no escuchar las suplicas de la mujer que amaba y que le destrozaba la vida. Quería alejarse de ella, dejar de una vez por todas la relación que le destrozaba más que le revivía y aprender a ser libre de nuevo. Avanzó los pasos inseguro, cada uno como si un enorme peso colgara de ellos, como si llevase un mundo sobre él. Costaba caminar mientras escuchaba su llanto instándole a quedarse a su lado, pero no podía volver, no quería volver, volver era lo peor que podía hacer y lo sabía.

Respiró profundo, llenando sus pulmones de tanto aire que pensó que explotarían, y se sintió bien al exhalar. Como si ese peso se hubiera aligerado un poco, el siguiente paso fue más sencillo y el otro aún más... y sin saber como se estaba alejando de ella mientras una sonrisa triunfal cruzaba su rostro y el sol aparecía tras las nubes después de 5 años, 6 meses y 7 días de vivir una muerte en vida.

martes, 24 de julio de 2007

El Cuentacuentos "Cobarde"

Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir. Hacía tanto tiempo que quería hacerlo, lo deseaba con todas sus fuerzas, con toda su alma, con todo su corazón.

Quiero irme, volar, ser libre por fin.

Tomar ese avión y volar, lejos de lo que para ella había sido una muerte en vida, un vivir los deseos de los demás, un no luchar por sus propios sueños. En lugar de buscarlos cada noche ponía una llave y un candado más el baúl donde los había empezado a guardar desde que era pequeña. Y ahora solo podía temblar…

…tanto tiempo esperando para esto…

...para nada…

Ahora entendía porque siempre se había conformado con poco, porque casi cualquier tontería la hacia feliz… porque no esperaba nada, nunca esperaba nada. Hacia años que había aprendido que no esperar nada de nadie era lo mejor, así nunca te decepcionas.


Pero ahora era ella misma quien se decepcionaba y si podría reprochárselo, echarse en cara que era una cobarde, que no tenía valor para enfrentar los retos de la vida, para enfrentarse a sus padres, para decir Le quiero y me da igual lo que digáis.

Cobarde.

Esa palabra retumbaba en sus oídos mientras borraba cada uno de los números de su tarjeta de crédito de la página donde estaba mirando los billetes de avión.

Cobarde.

Mientras las lágrimas rodaban incesantes sobre sus mejillas encendidas.

Cobarde.

Mientras miraba sus fotos y sentía que no era merecedora de tener su amor.


Cobarde.

Y se odiaba por haber sucumbido a lo que su familia decía sobre él.


Cobarde.

Y cerraba sus manos con fuerza mientras sus uñas desgarraban su piel.


-¡Eres una cobarde! –Escupió esa frase como veneno. La hería más profundo que cualquier espada.- No le mereces, no le quieres, esto que dices que sientes es mentira. ¿Qué más da si él no existe si tú no tienes el valor de averiguarlo por ti misma? ¡Cobarde!


Cerró los ojos, el llanto la encontró, sabia porque lloraba y eso la hacia retorcerse de dolor. Nunca tendría el valor de hacerlo, de luchar por lo que quería, de enfrentarse a sus padres, de enfrentarse al mundo… era una cobarde cuando se trataba de ella misma.

Recordaba con pesar todas y cada una de las frases que llevaba días, semanas, meses, años… toda su vida, repitiéndose. Más vale pedir perdón que permisoEl que no hace locuras por amor, no merece enamorarseHay tantas oportunidades como estrellas en el cielo, solo se necesita el valor para ir a por ellas… Le torturaban. No cesaba de repetírselas una y otra vez.

Nunca habia perseguido sus sueños, siempre luchaba por los demás. Por eso les salvaba, por eso quería salvarlos a todos. Por eso les empujaba a luchar por sus sueños, ella era incapaz de hacerlo, si conseguía que alguien lo hiciera, si conseguía enseñar lo que ella era incapaz de hacer, se sentía un poco menos lejos, un poco menos triste, un poco menos cobarde. Una frase le martilleo el cerebro.

Por muchos a los que ayudes, nunca te salvarás a ti misma… eres una cobarde.


Agachó la cabeza, apretó con más fuerza sus puños, sentía como la sangre empezaba a brotar de sus heridas…

Dejó que su rabia saliera de esa manera, haciéndose daño, siempre era ella misma quien se hacia daño, por no tener valor. Contuvo el aliento un segundo, ese segundo en el que siempre quería gritar pero que el grito se atoraba en su garganta. Suspiró resignada. Eso era lo que le quedaba, resignación. Así vivía, así sabía que moriría, como una cobarde.

martes, 17 de julio de 2007

El Cuentacuentos "La gran aventura de Ginglu"

Bueno, ya comenté que esto sería un pequeño homenaje. Al final sabrán a quien.


La fábrica de sueños cerró por vacaciones. Worian, el duende que desde hacía años se encargaba de abrir y cerrar cada día, levantó la mirada triste a las rejas doradas, moradas, verdes y grana que rodeaban la que era la única fábrica de sueños del mundo mágico. Se le encogió el corazón. Sintió frío, miedo, angustia y, finalmente, resignación.
-Ya no hay nada que hacer… esto es el principio del fin.
Ginglu, una joven hada azul, se acerco hasta él. No se conocían mucho, pero se veían cada mañana cuando Ginglu pasaba de camino hacia la escuela. Al ver el rostro triste del duende, no pudo evitar preguntar.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué pareces triste?
Worian fijo su mirada en el joven hada azul e intentó esbozar una sonrisa. Ajustó sus gafas al puente de su nariz picuda y torcida y hablo.
-Es la primera vez desde que el mundo es mundo que tenemos que cerrar por vacaciones. Hace 3 años que hemos empezado a hacer días festivos, pero esto es peor… Si la cosa sigue así, el cierre será permanente…
Ginglu era demasiado joven para entender lo que significaba un cierre completo de aquel lugar y su cara de total despreocupación hizo que Worian tuviera que afrontar la realidad en voz alta.
-¿No te has dado cuenta de que el cielo ahora solo es rosado? Antes era rosado, lila, añil, verde, amarillo… ¿Y los ríos? El agua baja fría, lenta y sucia. Es porque nos quedamos sin sueños. Y los sueños mueven nuestro mundo, pequeña…. Sin sueños, no existimos.
Los ojos de la pequeña hada se abrieron ante sus palabras.
-Y… ¿no podemos hacer nada? ¡Yo tengo muchos sueños!
Worian no pudo reprimir su risa, la ilusión de aquella joven le recordaba a la suya propia, a la que tenía cuando empezaron a escasear los sueños.
-Acompáñame, pequeña, te voy a enseñar algo.
Worian abrió una pequeña puerta y se encaminó por un sendero de baldosas amarillas hacia un enorme lago. El lago estaba casi seco.
-¿Ves este lago? Cada gota es un sueño, no un sueño nuestro. Nosotros vivimos para hacer realidad los sueños de otros, igual que hay otros que se encargan de realizar los nuestros.
Ginglu miro atónita a Worian.
-¿Por qué no nos explican nada de esto en la escuela?
-Porque os escandalizaríais y sería peor…
-¿Y de quien son los sueños que tenemos que realizar?
Worian agarró una pequeña cuchara que habia en el estanque y cogió unas gotas de agua que brillaban en un charco.
-Fíjate bien en cada gota… es un sueño. Si te concentras, verás la cara de la persona que lo soñó. Casi siempre son niños. Los niños han llenado esta fuente de sueños imposibles, pero ahora…. ¡Ahora tienen maquinas que les permiten ser otros! Ya no sueñan, ya no buscan en su imaginación, ni en los libros. Tenemos tan pocos sueños que cumplir, que tenemos que cerrar para dejar que el lago se llene de nuevo.
-¿Y que pasará si el lago no se llena nunca?- pregunto Ginglu asustada.
Worian levanto la mirada al cielo de nuevo.
-Sin sus sueños, nuestra existencia no tiene razón de ser. El día que no quede un solo sueño en el lago, dejaremos de existir…
Ginglu se asusto.
-¡No! ¡Eso no puede ser! ¡No es justo!
-Sé que no es justo, pero no hay nada que podamos hacer. Las leyes son estrictas en eso, nadie del mundo mágico puede aventurarse por este lago hacia el mundo de los humanos a intentar encontrar a alguien con suficiente fuerza en un sueño como para cambiar el mundo, como para hacer que mucha más gente vuelva a soñar… Y mucho menos yo. Los duendes no tenemos alas, no podemos movernos por los sueños de los humanos, eso solo lo hacen las hadas y las musas… -Worian dijo esto guiñando un ojo tras sus gafas.
Ginglu miro a Worian sin entender muy bien sus palabras. Era joven, pero no era tonta. Ella nunca podría haber adivinado como llegar al mundo humano y, mucho menos, como moverse por los sueños de los humanos
-¿Intentas decirme algo?
Worian miro escandalizado a Ginglu.
-¡No! Solo te decía que un hada azul solo necesitaría encontrar a alguien con la suficiente fuerza para hacerlo, meterse en su cabeza, susurrarle sus sueños en voz alta y hacerlos realidad. Eso es lo que hacen las hadas azules, hacer los sueños de la gente realidad.- Worian se levanto despacio- Y ahora voy a regar mis plantas sin mirar hacia el lago, tú deberías irte, no tenemos mucho tiempo, la fábrica esta cerrada por vacaciones, ¿recuerdas?
Ginglu miro extrañada el lago, se fijo en la parte más profundo y vio una extraña luz brillante, abrio sus alas y voló hacia ella. Era la entrada al mundo humano. Podía verlos a través de ella.
-Pero, ¿Cómo volveré? –murmuro en voz baja.
-¡Una vez haces realidad un sueño, vuelves de manera automática a tu mundo! ¡Y con las alas de hada azul de primer grado! –dijo Worian levantar la vista de las plantas.
Ginglu se concentró en ese pequeño espacio de luz brillante, sentía miedo, eso que iba a hacer era una locura, la mayor locura de su vida. Sonrió.
-Soy un hada azul… -cerró los ojos y cruzó por ese punto brillante sin pensarlo un segundo, si lo pensaba jamás lo haría. Llego al mundo humano y vio mucha gente ajetreada, corriendo del trabajo a casa, de casa a la compra. Sentía pena por ellos, tenían tan poco tiempo que habían olvidado soñar.
Vio a una mujer a lo lejos, rubia, cargada con naranjas, una niña pequeña, libros y cansancio en la mirada… pero Ginglu vio algo más en esos ojos.
-¡Son sueños! –exclamó alegre mientras volaba hacia ella y se metía en su cabeza.
Una vez dentro, lo que encontró la fascinó. Habia tantos sueños. Esa mujer tenía todo un mundo de sueños en su cabeza. Un mundo mágico, con niños magos, elfos domésticos, malvados brujos poderosos, escuelas de magia, unicornios, piedras filosófales, cámaras secretas, deportes imposibles, escobas voladoras y amor, mucho amor.
Ginglu no cabía en si misma de alegría, habia encontrado a una persona con un sueño tan grande que podía servir para que mucha gente volviese a soñar de nuevo. Vio el hilo de sueños enredado en su cabeza, todo junto y mal puesto.
-Por eso no puede llegarnos este sueño. Esta enredado con sus pensamientos, sus problemas… ¡Hay que separarlos!
La joven hada se puso a separar el hilo de sueños del resto de cosas que habia en la mente de esa mujer, con paciencia y tiempo, lo tuvo todo desenredado. Cuando pudo leer sus sueños, se acerco a su oído y empezó a recitárselos en voz baja.
Cualquiera que hubiera estado cerca en ese momento podría haber apreciado el cambio que surgió en la joven mujer rubia. Sus ojos brillaron más, sus manos buscaron ansiosas papel y lápiz y empezó a garabatear nombres en un papel.
Ginglu solo podía sonreír cuando, al bajarse del tren escucho a la mujer repetir en voz baja.
-Harry Potter. Se llamará Harry Potter.
En ese mismo instante, Ginglu apareció de nuevo junto a Worian que le sonreía.
-Lo lograste, pequeña. Encontraste un sueño lo bastante grande…


Soy una fan de Harry Potter y, esta frase, a tan solo días de salir el último libro de la saga... ¡No me pude resistir!Rowling fue la que revivió mis ganas de leer, de escribir y de soñar, así que fue muy fácil pensar algo así. Y quiero dedicar este cuento a todos los fans de Rowling, de Harry Potter, de la magia, de los cuentos y a todos los que no olvidan soñar un poco cada noche... y cada día.Mil besos cuentistas.

lunes, 9 de julio de 2007

El Cuentacuentos "¿Cuándo?"

Los hombros del ángel se estremecían mientras lloraba. Estaba agazapado, escondido bajo una pequeña alacena. Los gritos de su padre se escucharon un rato antes de que la puerta se abriese y su madre le escondió.

En unos segundos los insultos de su padre llenaban el ambiente, podía escuchar a su madre llorar. Siempre era igual, todo empezaba de la misma forma y terminaba igual, ya sabia como iba a acabar.

Su padre llegaba borracho, drogado, ebrio de dolor y con ganas de traspasar su mal a alguien más, de hacer daño tan profundo como parecía dolerle a él.

Se sentó en el suelo y abrazo sus piernas con fuerza, escondiendo la cabeza entre las rodillas, suplicando a Dios que eso terminase ya, que no le encontrase, que no hiciera daño a su madre. Había autentico terror en su mirada. Contaba con poco más de cinco año y había sufrido mucho más de lo que mucha gente sufre en toda una vida. Él sí sabía lo que era el miedo. No temía a los fantasmas, ni al lobo feroz, ni al hombre del saco. Esas cosas no eran para él. Sus terrores más profundos dormían bajo su mismo techo, a tan solo unos metros de él. Su miedo más atroz le miraba frío desde unos ojos iguales a los suyos.

Podía escuchar sus gritos en el comedor, su ira enfurecida gritando que él les había arruinado la vida, que eran desgraciados, que ojalá nunca hubiera nacido.

Tembló.

Se agarró con más fuerzas las piernas, clavando sus uñas en su propia piel, las lágrimas resbalaban por su rostro sin poder evitarlo. Se odiaba a si mismo, odiaba su vida, sus palabras, odiaba sufrir tanto. ¿Por qué tenía que hacerlo? ¿Por qué no podía ser como los demás? No sabia siquiera lo que significaba vivir y ya lo detestaba, tanto que ni él mismo se daba cuenta.

Escuchó un golpe, un grito de su madre. Sabía lo que había ocurrido. Él la había golpeado, de nuevo. Cuando no le encontraba ella solía pagar los enojos de su padre.

Silencio.

Unos minutos de silencio y la puerta de la cocina se abrió de nuevo. Aguanto la respiración como pudo, no quería que él supiera que estaba ahí escondido. Unos brazos le atrajeron. No era su padre. Era ella. Se abrazo al cuerpo de su madre y lloro en sus brazos.

-Tranquilo, amor, ya esta, ya paso. Se ha terminado. -Escuchaba las palabras de su madre sin poder dejar de llorar.

¿Había terminado?

¡Nunca terminaría! La paz duraba un día, quizás tres… y vuelta a empezar. Vuelta a los gritos, insultos, golpes y al miedo.

Solo había un final, solo una manera de que terminase.

Algún día su padre golpearía más fuerte y todo habría terminado. No sabía si se iría solo o ese monstruo al que llamaba papá les arrancaría la vida a los tres juntos, pero esa no era la pregunta que más miedo le daba.

En su cabeza solo una daba vueltas. Sabía que el final llegaría, con menos de 6 años lo había asumido, no temía a la muerte. La pregunta que más temía era otra. Más terrible y más sencilla.

¿Cuándo?