sábado, 13 de octubre de 2007

A través del Espejo

Se movía de arriba a abajo de la estancia, como una fiera enjaulada que lucha por salir pero que sabe que su encierro es mayor que esa simple estancia. La oscuridad lo envuelve todo, siente frío y soledad y algo le dice que su encierro no va a terminar nunca. Su cuerpo vibra a causa del estrés, de los nervios, de la impotencia, del saberse encerrado y condenado a no tenerla aunque eso fuera lo único que deseaba hacer en su vida.

La miraba cada día, cada noche. Contemplándola a través del espejo. La veía peinar esa larga cabellera roja con tristeza en sus ojos verdes. La había visto llorar mil veces y cuando ella lloraba era como si el mundo se rompiera, solo deseaba arrancarse su propia piel para secar sus lágrimas, abrazarla, envolverla con sus negras alas y susurrarle palabras tiernas al oído para asegurarle que todo iba a salir bien.

Se habían conocido tan solo un segundo, una vez, hacía años, en un sueño. En uno de esos sueños de los que despiertas sabiendo que era algo más. Desde esa noche se buscaban con desesperación, en cada sueño, en cada palabra, en cada beso, en cada nombre, en cada espejo...

Un día él encontró esa habitación. Era oscura, sucia y vacía, carente de vida y llena de ausencia y dolor. Solo había un espejo... y allí, al otro lado del espejo, estaba ella. Corrió a su encuentro en cuanto la vio, estirando sus manos para tocarla, pero el frío cristal le detuvo. Era un castigo, por sus pecados en vida, por sus muchos errores, por todo el dolor que había causado. Ahora podría verla, desde el encierro de su alma, pero nunca tocarla. La puerta se cerró tras él, impidiéndole volver a salir de allí.

Vivió sumido en la desesperación, observando esa imagen al otro lado del espejo. A veces, se agazapaba en un rincón y se golpeaba contra la pared mientras contenía su llanto mordiendo sus labios hasta hacerlos sangrar. ¿De qué le servían si no la podían besar? Al igual que sus manos, de nada valían si no la podía tocar. ¿Y sus palabras? Hacía tiempo que había olvidado el sonido de su propia voz de no usarla. Todos sus sentidos estaban intactos, pero solo la vista le servía de algo. Hubiera desechado incluso eso por un minuto de tenerla en sus brazos, de acariciar su cabello, de besar sus labios, de susurrarle que la amaba al oído.

Pero el tiempo pasaba y él continuaba en su encierro. Tenía miedo. Ella era humana, perfecta. Él un demonio de los sueños, algo a lo que no les está permitido amar. Pero lo hacía, la amaba, con su toda su alma, con eso que ni él mismo sabía poseer. Y ese era su castigo, por amar a quien no debía, por permitirse una debilidad humana. Ahora vivía encerrado, por su propio cuerpo que le impedía volar por los sueños de la gente y solo podía verla allí, en esa habitación.

De vez en cuando, otros demonios venían a regodearse en su dolor, a reírse de su desgracia, a escupirle por haberse convertido en lo que ahora era. Él les odiaba, ya no podía volver a ser como ellos, pero no era humano. Ahora era algo entre dos mundos, entre dos caminos. Cuerpo y alma no se correspondían. Se golpeaba contra las paredes sumido en la total desesperación. Había días que no podía con el dolor y sólo buscaba una forma de terminar con todo, pero no podía, él no podía morir y estaba castigado a no vivir eternamente.

Pero, un día, una voz le habló a través de la puerta, eran frases sin mucho sentido lo que escuchó, pero hablaban de poder estar con ella si lo entregaba todo en el camino, pero ¿que camino? Sólo tenía un espejo por el que asomarse al mundo de su amada. El frío cristal que había acariciado mil veces mientras la observaba. Ese era el único camino posible hacía ella, pero no entendía que tenía que entregar, ya no tenía nada. Sólo ese cuerpo que no reconocía como propio. Entonces lo entendió, eso era, tenía que entregarlo todo. Ella tenía su amor, su corazón, su alma y él solo poseía ese cuerpo imperfecto que de nada le servía si no podía tenerla a ella.

Apoyó las dos manos contra la fría superficie y cerró los ojos, concentrándose en su amada, pensando en dejarlo todo por ella, quizás sólo fuera un segundo, pero valía más eso que nada. Y lo sintió, el frío cristal parecía desvanecerse mientras estaba dispuesto a morir por ese segundo de tenerla entre sus labios. Notaba como su cuerpo se desgarraba mientras atravesaba el espejo, era como arrancarse el corazón, dolía más que nada de lo que hubiera visto nunca. Sus alas no cogían por el hueco de sus sueños, por ese espejo que les separaba. Ese era su precio, debía entregarlas, dejar de ser lo que era de verdad para estar un minuto a su lado. Sin alas no podría vivir, pero nada importaba si la podía besar una vez más. Pasó al otro lado. Cayó tendido en el suelo, a los pies de la pelirroja que lo tomó entre sus brazos mientras suplicaba no volver a perderle de nuevo. Él acarició su rostro, despacio y la acercó a él para depositar un suave beso en sus tiernos labios, mientras lo hacía, una lágrima recorrió su rostro, ni tan siquiera sabía que pudiera llorar. Eso debía significar ser humano.

-Te amo. No me dejes nunca. No lo soportaría.

Una sonrisa se dibujo en su rostro mientras sentía como su corazón latía por primera vez. Estaba vivo y eso era algo que no podía permitírsele a alguien como él. No iba a durar mucho, lo sabía, era mejor decirle lo que tenía que decirle y dejarse marchar con un beso de sus labios y viéndose en esos ojos verdes que tanto tiempo había contemplado.

-También te amo, más allá del alma, del cuerpo y de la propia existencia. No lo olvides nunca, mi pelirroja.

Y cerró los ojos mientras ella le zarandeaba para obligarle a despertar. Temblaba histérica. Notaba algo cálido deslizándose por sus manos, miró y supo que era lo que ocurría. La sangre resbalaba por sus manos. Se abrazó a él de nuevo, dejando que su llanto cayera sobre el cuerpo del único ser al que había amado de verdad.

-¡No! ¡No me dejes! ¡Por favor!

Elevó la mirada hacia el espejo por el que había salido y allí lo vio, sus alas rotas, desgarradas, ensangrentadas hechas jirones en el suelo de la estancia. Ya no había espejo, ni tan siquiera un pequeño cristal con el que acabar con el dolor que ahora se había instalado en su alma. Volvió a abrazarse a su cuerpo, se tumbó a su lado, acurrucándose contra su cuerpo mientras lloraba. No podía adelantarlo e irse con él ahora, pero no pensaba moverse de su lado hasta que la muerte viniera a por ella para volver a unirles. Si él se había sacrificado sólo por un minuto, ella podía hacer lo mismo por una eternidad a su lado.

Y así, abrazada a su cuerpo, esperó.

............................

Bueno, y hasta aquí este ¿cuento? Espero que les haya gustado... en su momento hubo otra versión del mismo, pero esta me gustó más.

2 comentarios:

Absolution dijo...

Te quedó lindo, muy lindo y triste. ¿te has sentido así?

Eris dijo...

Murio para saber lo que era vida, que triste T-T Veo que este tipo de cuentos se te dan muy bien, en verdad llegan al corazón T-T