domingo, 2 de diciembre de 2007

Soñándote

Mis parpados caen en silencio, chocando uno contra el otro, esperando que llegue la noche y con ella, el sueño, ese mundo donde todo puede ser...

Esta noche te he soñado y, entre sueños, te he amado. No sólo en sueños te amo, ya lo sabes bien, pero ahora son los sueños el rincón donde nuestros labios anhelantes se entregan besos de amor prohibidos y se dicen locuras al oído. Es en sueños donde nuestras bocas susurran el nombre de la otra entre gemidos de placer ahogados y caricias bajo blancas sábanas. Esta noche te he soñado así. Tumbada entre blancas sábanas, con el cabello revuelto y los labios rojos de tanto entregar besos a la otra.

Y desperté...

Desperté buscando tus labios entre mis mantas, buscando tus caricias entre mis manos, buscando tu perfume en mi piel. Buscando encontrarte en algún lugar más cercano que la oscuridad de mis sueños desesperados.

Me levanté, buscando tu sonrisa en los rostros de los extraños sin encontrarla. Buscando tus caricias en otras manos que no supieron darme el calor de las tuyas. Buscando tu mirada llena de amor y cariño en ojos que no saben mirarme como tú lo haces.

Salí a la calle y te busqué. Mis pasos se volvían acelerados, ansiosos, desesperados. Giraba rostros para mirarlos buscando un resquicio de ti en ellos... y no te hallé. No estabas en ninguno. Vi tu cabello, pero no tenía tu olor, ni tu brillo, ni tu tacto. Vi tus ojos, pero no estaba mi rostro dibujado en ellos. Vi tu piel, pero no tenía un camino de besos hechos con mis labios. Sólo eran imitaciones de ti, copias absurdas de alguien imposible de copiar. No existe nadie como tú, no me pueden engañar.

Lloré. Lloré gritando tu nombre al frío viento, levanté mi rostro al cielo pidiendo un poco de tu calor, le supliqué que me trajera un poco de ti. El cielo estaba tristemente gris. Sentí frío en mí interior y mi piel se erizó. El frío me invadía cada vez más y mis tristes lagrimas se congelaban contra el viento de ese invierno que amenazaba ser terrible sin ti.

Caí. Hincada en el frío asfalto de esta maldita ciudad, llovía mientras mis manos golpeaban contra el suelo y mis ojos inundaban de llanto las aceras. La gente me miraba sin decir nada, el cielo escupía su furia contra mí, ni un solo rayo de sol iluminaba mi vida. El mundo me daba la espalda mientras me consumía el dolor de la soledad más terrible que existe. La soledad de ti. La soledad que duele de verdad porque no estoy sola pero sí lo estoy porque no te tengo a ti.

Mi cuerpo se fundía con el suelo, haciendo que mi color se perdiera entre llanto y lluvia. Vi el rojo desaparecer y empecé a llenarme de gris. De gris asfalto, de gris edificio, de gris acera olvidada, del gris más triste que existe, del gris que no es más que ausencia de ti. De nuevo supliqué al cielo por un poco de ti, por un poco de luz, un poco de calor, un poco de sol. Sí... eso necesito, un poco de Sol. Pero hoy no hay Sol para mí.

Fijé mi vista en el reflejo que llanto y lagrimas habían hecho al transformar en espejo el asfalto de la ciudad. Mis ojos se entraron con ellos mismos reflejados en el gris de la ciudad donde tú no estás, pero algo cambió... Calor. Sentí calor. Miré mis ojos y te vi. Dentro de ellos estabas sonriente, mirándome y preguntándome porque lloraba.

-Porque no estás...

De nuevo sonríes, con la boca, con los ojos, con el rostro y con las manos. Me sonríes a mí, con felicidad en la mirada y deseo en los labios. Escucho tu voz susurrante, diciéndome que te busqué bien, que no desesperé, que mis ojos me engañan porque tú sí estás ahí. Y otra vez calor. En mí, creciendo, extendiéndose por mi cuerpo hasta salir de mí. Y veo luz en la calle, levanto mi rostro y ahí está, en el cielo, inmenso y lleno de ti, un gran sol que ilumina mi mundo y que trae olor a ti.

Me levanto del suelo despacio, extendiendo mis brazos intentando llenarme de ti, de él, de nosotras dos. El mundo gris se va desvaneciendo cuando el sol salpica con sus colores todo lo que me rodea. Y te veo de nuevo, saliendo de mi charquito de lagrimas para abrazarte a mí y no soltarme jamás. Me rodeas, me envuelves, me llenas de ti y desapareces de nuevo, pero no te has ido. Mi mano se dirige suave hasta mi corazón y se detiene en él. Lo escucho latir, suave y tranquilo, y dentro de él, te escucho a ti, repitiendo un te amo por cada latido que da él.

No estoy sola, nunca lo estoy, nunca me dejas, ni nunca me dejarás. Ahora lo sé. Pueden haber mil ciudades grises y un millón de días de lluvias, pero el sol siempre luce fuerte y poderoso en el cielo, dejando su calor en mí. Y, como una vez te dije hace tiempo, tú eres mi Sol, mientras haya amanecer, habrá Sol para mí.

3 comentarios:

Neferura dijo...

Muchas se ven grises los días, y muy fríos pero sé que siempre hay un poco de calor ahí, y entonces me recuerdo a mi misma que siempre estás ahí, en mí. Te amo.

Anónimo dijo...

Qué.bonito. Me encanta cómo escribes, cómo lo describes todo. Es muy triste en un principio y muy bonito y optimista al final. Me encanta de principio a fin.
El océano no es tan grande ^^
Besitos y ánimo
dreamkat

Anónimo dijo...

Ainssssss.. que bonito. Pero si soy yo.... o hablabas de mi. Me llegó al alma... Un besazo desde Murcia.